¡YO ELIJO QUÉ ME PONGO, MAMÁ!

 

Hay cosas que nunca cambian. Los niños salen impecables para el colegio y regresan con mugre de pies a cabeza. Lo que definitivamente no es igual ahora es el criterio, determinación y autonomía que ejercen sobre sus propias decisiones. Se involucran en todo lo que les compete como individuos y aunque tiene todo el sentido del mundo, no deja de ser abrumador el hecho de ver a mi niña alistar su ropa siguiendo los parámetros de lo que para ella es importante: “me gusta, es cómodo, tiene muñecos, adoro las luces, no tiene mangas”, o simplemente “es mi color favorito”. Yo nunca me pregunté “¿por qué falda escocesa?” y hoy todavía no entiendo cómo nos ponían vestidos de novia para ir a una fiesta infantil. Sin embargo, no fue algo traumático en mi infancia, simplemente mi vida era así.
 
Cambiar no es tan fácil como parece. Me gustaría seguir muñequeando con Isa, pero esa época duró muy poco y ahora me limito a dar un consejo, sugerir una que otra cosa y, de vez en cuando, dar un pequeño soborno o decir una mentirita piadosa para darme gusto. Pero esto es, literalmente, de vez en cuando, pues es ella la que elige lo que se pone. Reconozco con un poco de vergüenza que a veces siento la necesidad de dar una explicación respecto a su pinta, justificar mi buen gusto argumentando que nada tuve que ver con lo que lleva puesto. Los viernes son su día favorito porque puede ir vestida de particular. Ella lo espera con emoción para lucir su capa de superhéroe y gafas oscuras.

 

Tan pronto llega al ascensor se mira orgullosa en el espejo y sale como si el corredor fuera una pasarela. Sube a la ruta y, obviamente, la monitora y el conductor lanzan un piropo alusivo a su look, ella sonríe y se despide… yo desde la ventana le mando besos y muero de ternura al ver como se aleja. Ya todos en el edificio, el jardín y hasta en la panadería conocen su particular gusto por los disfraces, que para ella no son exclusivos de Halloween sino, por el contrario, un gran complemento para cualquier pinta.

 

Mientras la veo alejarse en la ruta, me quedó pensando también si le envié la lonchera nutritiva, pero en especial divertida, que ella tanto anhela, me voy por unos momentos en mis pensamientos y me quedó analizando qué le prepararé para mañana, lo importante es que la estaré esperando con los brazos abiertos para darle onces saludables que incluso podamos disfrutar las dos.
 
No hace falta estar en su salón de clases para saber que los niños a su edad no tienen prejuicios. Son tan auténticos que me hacen desear ser menos adulta, actuar más y pensar menos, vivir con el corazón, dejar de pensar en el qué dirán y disfrutar, gozar, saborear la verdadera esencia de existir.

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