Recuerdan la última vez que fueron castigados (incluso de adultos, una multa de un policía, por ejemplo).  Registren qué sintieron, pensaron y decidieron.
Normalmente la respuesta a esta pregunta es: Me sentí frustrado, con rabia, pensé que la próxima vez no me dejaría atrapar y decidí hacer caso, vengarme o llenarme de miedo. Eso es lo que generalmente pasa cuando hay un castigo, no aprendemos y nos llenamos de estrategias que determinan mucho de lo que somos de adultos… Temerosos de la autoridad, evasivos, vengativos, miedosos, rebeldes, incapaces de contactar con nuestros gustos, ideas y propias necesidades, por estar “haciendo caso” para evitar castigos dolorosos.
Nos cuesta mucho ver los errores como una oportunidad para aprender, porque nos enseñaron que además de la equivocación, que por cierto ya nos genera frustración y otros sentimientos más, debemos intensificar el dolor de tal forma que genere el recuerdo de “lo malo que fue equivocarse” para así evitar repetirlo. Y resulta que en la vida no paramos de equivocarnos, en lo profesional, con los amigos, la pareja, la familia y nuestros propios hijos, entonces nos culpamos por esos errores porque no sabemos qué más hacer. Y la culpa no soluciona, solo nos carga. 
Debemos empezar a pensar en soluciones.
Qué pasa si en cada equivocación vemos la posibilidad de aprender, solucionar, reparar y salir adelante libres de culpa. Creo que andaríamos más ligeros, con habilidades de resiliencia y mucho amor propio.
Cuando los errores son una maravillosa oportunidad de aprender no hay culpa, nos hace humanos, hace parte de la vida y se nos permite la imperfección. 
¿Cómo? esta es la parte más difícil para nosotros los adultos porque no pensamos en soluciones, generalmente pensamos en “consecuencias” y nos llenamos de argumentos para justificar que todo en la vida está lleno de ellas. Es verdad, hay unas naturales y hay otras que nos inventamos solo para que “haya” un aprendizaje, “porque si no duele no se aprende” o porque “la letra con sangre, sí entra”. 
Hay muchas creencias acá, deberes seres, mandatos y por supuesto nuestro rol como padre o madre se vulnera porque escucharemos comentarios como “¿vas a dejar que haga eso? “a ese niño hay que castigarlo para que aprenda, sino la vida le va a parecer muy dura después”.
La vida ya es dura para los niños, ¿no creen? Cuántas veces les decimos que no a lo que quieren hacer, ver y explorar; cuántas veces les pedimos que se controlen cuando apenas nosotros podemos hacerlo; cuántas veces lloran con el corazón roto por “bobadas”. A lo largo del día tienen muchos de estos episodios. Ya la vida es dura para ellos, en especial por las expectativas que tenemos de ellos y de nosotros en el rol ideal del buen pa/madre.
La invitación es entonces a que cuando sus hijos se equivoquen, se tomen un tiempo para pensar en solucionar. Hagan cosas que a ambos les gusten, tómense juntos una Pony Malta, nutran el cuerpo y el corazón, hagan una lista de posibles soluciones y elijan cuantas veces sea necesario. Permítanles vivir las consecuencias naturales, “si la ropa no está en la caneca de la ropa sucia, no se lava”, sean consecuentes con esas advertencias y que ellos experimenten el resultado de no poner la ropa en el lugar acordado. Hagan acuerdos y cúmplanlos, libres de amenazas.
Y antes de enseñar a pedir disculpas, enseñemos a que se hagan cargo de sus errores, no solo buscando soluciones sino reparando al otro en caso de ser necesario. Antes de un “lo siento” que venga un “¿Estás bien? ¿Qué puedo hacer por ti?”.
Por una maternidad sin culpa y a conciencia.
Juliana Molina
Mamá de tres
Tallerista
Certified Positive Discipline Parenting Educator & Classroom
Estudiante Gestalt Trascendente en @Prisma
Fundadora Mamás al Ataque
www.mamasalataque.com

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COMENTARIOS

Ssimo de Jesus Munoz Pulgarin

Muy buenos los consejos y comentarios incluidos en este texto.

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