No hay cliché publicitario más aproximado a la realidad de ser padres que la imagen del bebé con pocos minutos de nacido, tomando con todas sus fuerzas el meñique de mamá, ahí empieza la historia y ahí, también, es cuando cambia.

No somos las mismas madres que tuvimos, porque no tenemos los mismos niños que fuimos. Esperábamos con paciencia que nuestros padres nos enseñaran el camino. Hoy son ellos quienes toman la delantera y con insólitas habilidades asumen el papel de instructores. Hoy en día, es común oír a mamá y papá pedir al pequeño de la casa que desbloquee el teclado del celular, que le ponga la “peli” a mamá en el DVD, que le explique cómo dejar grabada la novela del momento o que nos dé una asesoría sobre las mejores aplicaciones.

 

Nadie nos preparó y, con seguridad, quisiéramos haber tenido una clase de cómo sobrevivir a una pataleta, un desafío de cambios de pañal, un tutorial sobre manejo redes sociales. La lista puede ser interminable, pero como todo es parte de un sueño, volvemos a la realidad en la que tenemos que echar mano de nuestros mejores dotes creativos para superar con éxito este gran e interminable rol de ser mamás.

 

En especial, nos hubiera gustado conocer de ante mano el menú perfecto para que tuvieran una lonchera nutritiva, que a su vez logrará que sus amiguitos se preguntaran cómo será la genial mamá que le envía alimentos saludables y deliciosos todos los días.

Sin querer nos trazamos metas inhumanamente absurdas. Desde el embarazo nos proyectamos como la mejor mamá, y no solo de nuestros niños, sino del mundo entero. Necesitamos de los últimos libros y técnicas para aprender cómo educar a nuestros niños, de centros especializados para que nos enseñen como hacer de nuestro hijo un pequeño genio y de cursos de crianza para no cometer los mismos errores que cometieron nuestros padres con nosotros… Y así, empezamos a estrellarnos con el mundo real, no el que recreamos en nuestra mente, si no el de verdad… en el que la realidad, literalmente, supera la ficción.

Y aunque suene como a un cuento de terror, en realidad es lo más cercano a una historia de amor. Una historia que va a retorcer todas nuestras fibras y nos permitirá vivir de verdad, extralimitando todos y cada uno de nuestros sentidos. Es en esta parte de la vida en la que podremos sentir el golpe sin haber caído, llorar sin derramar una sola lágrima, ganar la competencia sin haber corrido. Todo porque hay una fuerza interior que apareció en el momento en el que ese diminuto ser tomó mi mano por primera vez, conectándonos físicamente y uniéndonos el corazón por siempre. Fue el inicio de una complicidad inquebrantable.

Es entonces cuando nos damos cuenta de que nuestra vida hoy es más perfecta de la que habíamos planeado, que darse contra el muro fue en realidad lo mejor que nos pudo pasar, que nuestro niño es y será siempre el mejor, y que nosotras, somos y seremos eternamente la mejor mamá para él.

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